La rebelión del abrazo

​En esta charla con José Retik, la Dra. María Eugenia Rosboch —antropóloga platense formada en el CIESAS de México y directora del LILSU— reconstruye su investigación doctoral sobre la danza, el lazo social y la resistencia de los clubes de barrio frente a la crisis y el olvido.

Fotografía: Pablo Gómez

José Retik: Para situarnos, ¿en qué momento comienza este interés por el tango y desde qué lugar decidís abordarlo?

Eugenia Rosboch: Estamos hablando del año 2000. Todavía ni siquiera habíamos pasado por la crisis del 2001. En ese momento, al ver toda la problemática del tango, decido no dedicarme al estudio de las letras, ni de la música o los intérpretes. Sinceramente, quedo subyugada por la danza en las milongas. Decido analizar las milongas en la ciudad de La Plata por la pertinencia local que me daba ese ámbito.

Aunque muchos no lo puedan creer, me recibo de Doctora en Antropología en uno de los lugares más clásicos y académicos de México. Mi tesis fue analizar las milongas en La Plata. Fue un trabajo muy lindo que me aportó muchísimo, porque yo estuve fuera del país cuatro años y este trabajo me ayudó a integrarme nuevamente a mi sociedad y a vincularme con cuestiones que van desde lo intelectual hasta la relación con el cuerpo y el otro.

J.R: ¿Qué particularidades encontraste que distinguen a la milonga de La Plata de la «movida» de Capital Federal?

E.R: Tuve que justificar en mi tesis por qué estudiar La Plata. Primero están las particularidades geográficas: La Plata está como aislada. El platense se maneja mucho dentro de la ciudad y no suele ir tanto a Capital. Además, el Parque Pereyra Iraola funciona como una barrera que impide que el conurbano termine absorbiendo a la ciudad. Esa fue mi primera distinción: hay características urbanas que hacen que las prácticas en La Plata se diferencien.

La diferencia fundamental es que La Plata es el lugar que busca la persona de tango para encontrar la amistad. Las milongas acá son amigos que se encuentran. Gente que se dedicaba profesionalmente al tango en Capital venía a bailar a La Plata buscando ese lazo de comunión, sin la presión de tener que bailar por dinero o para turistas.

J.R: Desde un punto de vista antropológico, ¿qué podés decir sobre el lazo social en estas milongas?

E.R: Una vez que encontré ese lazo tan intenso, empecé a ver variaciones etarias y de espacio según quién organizaba la milonga. Por ejemplo, en mi trabajo de campo estudié el Club Everton, donde iba gente mayor convocada por su pertenencia al club o por nostalgia. Pero también estudié espacios como «El Conventillo», que era itinerante y buscaba lugares según la posibilidad.

 

J.R: Mencionaste que el término «milonga» se usa distinto ahora que en las décadas del 30 o 40. ¿Cuál es esa diferencia?

E.R: En aquel momento no se les llamaba necesariamente milongas, era «ir al baile» o «ir al club». El término «milonga» se retoma en la actualidad, porque antes se usaba de forma peyorativa, asociado a lo prostibulario. Una mujer «milonguera» era mal vista por el hecho de bailar bien, por el contacto físico. Hoy, el sentido es otro: la milonga es simplemente el lugar de danza. En La Plata, al no haber turistas, se mantiene esa esencia de «amor al tango».

J.R: Usaste la palabra «ritual». ¿Hay rituales específicos que percibiste en la milonga platense?

E.R: Yo hablo de un lazo de communitas. En los tres minutos que dura una canción, se crea un lazo que rompe las distinciones de género; dos personas se vuelven uno solo.

En cuanto a los comportamientos estandarizados, como el cabeceo, en La Plata esas pautas no son tan rígidas. Como es poca gente y ya se conocen, las reglas tienden a romperse. Me ha pasado estar con amigas y, si un hombre cabeceaba de lejos, nos mirábamos entre nosotras a propósito para forzarlo a que venga a invitarnos formalmente. El contexto de relación en La Plata permite esas licencias.

J.R: ¿Qué rol jugaron los clubes sociales en la historia del tango local?

E.R: El club social es vital porque mi hipótesis es que el tango perdura gracias a la gente que lo danza, y esa escuela nace en el club. En la época de oro (30s a 50s), el tango era transversal a las clases sociales.

Existían milongas familiares y otras de «rompe y raje». Recuerdo el caso del «Club de la Vaca Echada», que se llamaba así porque una vez una vaca se echó en medio de la pista. También estaba «El Rancho de Goma», donde siempre entraba más gente. Esas historias las recuperé rescatando la historia oral y entrevistando a la gente común.

J.R: ¿Cómo afectó la dictadura militar a esta cultura del baile?

E.R: Hubo un proceso de «descorporización». La milonga se deja de practicar porque la dictadura y el posterior neoliberalismo desarticularon el espacio de encuentro. La gente se encerró en lo privado por el miedo. El tango se desarrolló entonces más fuerte en el exterior, como un bastión de resistencia, y volvió de forma diferente con la democracia.

J.R: ¿Cómo ves la milonga platense hoy en día?

E.R: Hoy el tango es un espacio transgeneracional donde conviven jóvenes y adultos. Sin embargo, en La Plata tiene un problema de volatilidad. Como no es un negocio rentable (el milonguero baila mucho y consume poco), es difícil sostener los espacios. Hoy la milonga no suele ser una actividad orgánica del club, sino una «tercerización». El desafío es encontrar lugares donde la práctica pueda perdurar.

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